Programa del curso 2026-27

PROGRAMA DEL CURSO 2026-27

Carrusel programa 2025-26

domingo, 9 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero, maldito sea


 Reproducción del artículo publicado en:


El autor de ‘Poemas del manicomio de Mondragón’ y ‘Así se fundó Carnaby Street’ muere a los 65 años tras una vida destilada en la escritura y la desmesura
Javier Rodríguez Marcos   Madrid  7 MAR 2014 -

 

 


Leopoldo María Panero, sentado en una terraza de la Plaza de las Palomas de León en mayo de 2011. /
josé ramón vega gonzález

 “No tenía a nadie”. Así resumía hace unas horas el editor Antonio Huerga la soledad en la que ha muerto Leopoldo María Panero a los 65 años. Lo decía para explicar la incertidumbre sobre los restos del poeta: “¿Incinerarlo? ¿Enterrarlo? ¿Quién decide? No tenía a nadie”. Tras la desaparición de su hermano Juan Luis en septiembre pasado, la muerte de Leopoldo es el último capítulo de una convulsa historia familiar llevada al cine por Jaime Chávarri y Ricardo Franco. Él decía que prefería la película del segundo “por los colores”. Lo decía como lo decía todo, con una salvaje ingenuidad llena de citas de poemas ajenos y propios, teorías conspirativas, críticas a España, a la OTAN, a sus editores o a sus compañeros en el psiquiátrico de Las Palmas, donde se había recluido voluntariamente hace más de una década. Los elogios quedaban reservados para sus colegas de generación: Gimferrer, Colinas o Ana María Moix, fallecida la semana pasada.

“Vivo dentro de la fantasía paranoica del fin del mundo y no solo no quiero salir de ella sino que pretendo que los demás entren en ella. Todas mis palabras son la misma que se inclina hacia muchos lados, la palabra FIN, la palabra que es el silencio, dicha de muchos modos”. Así abría Panero su poética para Nueve novísimos, la antología de Josep Maria Castellet que le señaló en 1970 como una de las grandes promesas de la literatura por venir. Era el más joven de la selección y dos años antes se había estrenado con Por el camino de Swan, publicado en Málaga en 1968.

Repasar su vida durante ese año inaugural permitiría hacerse una idea de quién era Leopoldo María Panero, un poeta crucificado entre su propia desmesura y los tópicos de loco oficial de la poesía española. 1968 fue el año de su primer libro, de su primer intento de suicidio, de su ingreso en el Instituto Frenopático de Barcelona y de su paso por la cárcel de Carabanchel después de que lo detuvieran en Madrid junto a Eduardo Haro Ibars por consumo de marihuana y le aplicaran la Ley de Vagos y Maleantes. También fue el año en que escribió Así se fundó Carnaby Street. Publicado en 1970, ese libro contiene ya hecha (y deshecha) la voz de un autor que escribía todo lo que se le ocurría y publicaba todo lo que escribía. Cuando en 2001 Visor reunió su poesía completa hasta ese momento -588 páginas, una veintena de títulos- Panero tenía ya tres libros más en marcha en tres editoriales distintas. Uno de ellos Prueba de vida, una “autobiografía de la muerte” cuyo maltrecho mecanoscrito original paseaba por Las Palmas dentro de una bolsa de tela entre cintas de Los Chichos y antologías de Emily Dickinson.

A su muerte, Leopoldo María Panero ha dejado, al menos, un poemario inédito titulado Rosa enferma. Huerga y Fierro, su editorial de los últimos años, lo publicará el próximo otoño. Entre tanto, el sello madrileño ha emprendido la publicación de su obra título a título. De esa serie forman parte poemarios como Teoría, Narciso en el acorde último de las flautas, Last River Together, El último hombre, Poemas del manicomio de Mondragón, Contra España y otros poemas no de amor o Locos. Irracionalismo, expresionismo, culturalismo y hermetismo atraviesan una obra irreductible a una fórmula salida del cerebro de un hombre irreductible, más fácil de tratar para los rockeros que para los catedráticos.

El desencanto, sus intervenciones en público y sus apariciones en la radio (La ventana) o la televisión (Crónicas marcianas) quedarán para la leyenda del penúltimo poeta oficialmente maldito. En la memoria de sus lectores -y son muchos- quedarán los versos de “Deseo de ser piel roja”, “El loco mirando desde la puerta del jardín” o “Ma mère”, dedicado “A mi desoladora madre, con esa extraña mezcla de compasión y náusea que puede solo experimentar quien conoce la causa, banal y sórdida, quizá, de tanto, tanto desastre”. Era en 1979. Ocho años más tarde subtituló como “reivindicación de una hermosura” otro poema, “A mi madre”, que termina: “y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra / y ahora que el poema expira / te digo como un niño, ven / he construido una diadema / (sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)”.


 

Foto sciammarella


Poema inédito

En cuanto a la
tristeza como modo
de venerar la libertad
no libre del delirio
Diré lo mismo de otra
forma porque la
repetición es un
señuelo casi
inteligente
Ciertamente la mano
polvorienta de un
enano

Enseña a los
hombres un pez
Significando la poesía
Que se opone bastardamente a la verdad
Que rumia aforismos en pie sobre las tumbas
Sobre las que llora el ruiseñor
Como una bruja significando el silencio

Con un vaso de placenta enemiga de la verdad

La poesía como un hombre enemigo del hombre

Azuzando a sus perros

Para que persigan la eternidad que venden los relojeros.

 
Del poemario Rosa enferma, que publicará en otoño Huerga y Fierro.





sábado, 8 de marzo de 2014

Muere Leopoldo María Panero, poeta de los Nueve Novísimos


Reproducción artículo publicado en



Pasó la mayor parte de su vida en centros psiquiátricos desde donde se dedicó a escribir poesía en los momentos en los que la enfermedad le permitía cierta lucidez

 Winston Manrique Sabogal / Aurora Intxausti  6 MAR 2014 -



Leopoldo Panero, en la Residencia de Estudiantes de Madrid
Luis Magán

 

 

El caballo de hierro cruza ahora sin miedo

desiertos abrasados de silencio.
Deseo de ser piel roja.
Sitting Bull ha muerto y no hay tambores
para hacerlo volver desde el reino de las sombras.
Deseo de ser piel roja.

(fragmento de Deseo de ser piel roja)
 
 
Leopoldo María Panero, poeta, narrador, ensayista y actor,  exponente de la poesía transgresora, ha fallecido hoy en Las Palmas de Gran Canaria, a los 65 años. El poeta, que murió en el hospital Juan Carlos I, en el área de salud mental, es autor de títulos como Teoría y Así se fundó Carnaby Street. "Era un genio de la poesía española", en palabras del editor Chus Visor.

"Ante todo era poeta. Vomitaba poesía. Era como su alimento natural, y eso hacía que no le prestara mucha importancia al lector, él escribía porque le nacía", afirma Antonio Huerga. Un autor, añade el editor, que no presumía de sus escritos, "era un sencillo creador de poesía que tampoco se tomaba muy en serio. Aunque si algún lector le preguntaba qué libro suyo recomendaba, a veces, decía, entre enfadado y entusiasta: Teoría".

Nacido en Madrid, el 16 de junio de 1948, e hijo del gran poeta astorgano Leopoldo Panero, una de las mejores voces líricas de posguerra, y la escritora y actriz Felicidad Blanc, era hermano del también poeta Juan Luis Panero y de Michi Panero. Escritor desde su infancia, parte de la vida de Leopoldo María Panero ha transcurrido en distintos hospitales psiquiátricos de la Península y Canarias. Además, perteneció al grupo de los Nueve Novísimos creado por Josep María Castellet.

Para Félix de Azúa, incluido en aquella ya mítica antología de Nueve novísimos poetas españoles, "fue el más abismal de su generación. Cumple con todos los requisitos del poeta tal y como lo definió el romanticismo, que es el último momento reconocible de la poesía como actividad social significativa. Durante años ha estado recluido en un manicomio, lo que le ha evitado el patetismo del viejo poeta arruinado física e intelectualmente, manejado como un títere por políticos lectores del Marca. Su obra primera creo que será de las pocas cosas realmente poéticas del siglo XX español que duren algo más de diez años".

El editor Jorge Herralde considera que del poeta Leopoldo María Panero quedará "el recuerdo del fulgor" por sus poemas con "imágenes imprevistas". Junto a Ana María Moix y Pere Gimferrer fue el tercer "Novísimo" en "brillar de forma espectacular".  Sus conferencias eran "como  fogonazos, fuera de todo corsé, muy auténticas", puntualiza.

La vida de este poeta madrileño y su familia siempre ha suscitado interés en el ámbito cultural y un reflejo de ello es la película  El desencanto (1976), Jaime Chavarri, un exitoso documental que muestra descarnadamente cómo era la familia Panero en el final del franquismo. Marcada hasta la obsesión por la figura paterna, el poeta Leopoldo Panero. La película, en blanco y negro, tiene como actores a los cuatro miembros de la familia Panero (Felicidad, viuda del poeta, y sus hijos Juan Luis, Leopoldo y Michi)

Sobre la locura y su existencia, Panero dijo -en una entrevista a Javier Rodríguez Marcos para Babelia en 2001, en el psiquiátrico- lo siguiente: "La locura existe, no así su curación. Al contrario de lo que se piensa, lo malo es el consciente, no el inconsciente. Como decía Rousseau, el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo vuelve monstruoso".

Fue un escritor crítico con la sociedad y con España, y su evolución en el siglo XX y XXI. Sobre la democracia en el país aseguró: "Es una tragedia de una horrorosa sordidez en la que al proletariado, tras 40 años sin ideología, no le queda más que la picaresca. Eso es España. Éste es un país de sudorosos obsesionados con el fútbol y con los toros por culpa de la represión sexual. Son tan machos...".

Sus reflexiones y análisis iban más allá de España y la literatura y miraban al mundo. Muchas de las ideas de este poeta y "loco" eran más cuerdas y sensatas que las de cualquiera: "Hay que replantearse la revolución. Hay que incluir a las mujeres y a los homosexuales. Más que cambiar el mundo, como decía Marx, hay que cambiar la vida, como decía Rimbaud. Hay que ir a una micropolítica de situación. Esto lo sabían perfectamente Guy Debord y los situacionistas. Hay que cambiar la manera de percibir el mundo".

Ha sido un comienzo de año triste para la literatura en español, en especial para el grupo de los Novísimos. El viernes pasado falleció la también poeta, narradora y editora Ana María Moix y el 9 de enero Castellet, editor y artífice de los novísimos: Moix, Panero, Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero y José María Álvarez.

 

 
El loco mirando desde la puerta del jardín

Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina.

 

El último poeta maldito: Leopoldo María Panero


Reproducción artículo publicado en
 


  "Leopoldo María Panero, el último poeta maldito."

JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ (Real Instituto de Estudios Asturianos)  / OVIEDO
06/03/2014


Su obra es una de las más originales y contundentes de la poesía española del último cuarto de siglo


 
Leopoldo María Panero, en una imagen de archivo
JOSÉ MARÍA BARROSO

 
En el anodino panorama actual de la poesía española despunta con claridad el nombre de Leopoldo María Panero (1948-2014), cuya obra es una de las más originales y contundentes de la poesía española del último cuarto de siglo; ésta apunta a la exposición desnuda de las miserias del subconsciente y a la función examinadora del ejercicio literario al margen de modas inocuas.

Desde que publicara en 1968 su primera plaquette y fuera incluido en 1970 por el crítico José María Castellet en la celebrada antología «Nueve novísimos poetas españoles», la proyección estética de Leopoldo María Panero, radical y heterodoxo autor, no ha cesado de expandirse, elaborando, en unas condiciones personales más que comprometidas por sus particulares demonios interiores, un edificio de notable solidez formal y conceptual, en el que Leopoldo María Panero va levantando acta, libro tras libro, de su autodestructiva ruina, acumulando obsesiones metaliterarias y de todo orden que le conducen al fin último de su actividad creadora: la enunciación del vacío y la glorificación última de la soledad y la nada desde un territorio que el poeta entiende que se halla más allá de la vida y la razón.


Ciudadano anómalo y bufón aniquilado
La indispensable poesía de Leopoldo María Panero es la expresión máxima de un delirio alucinatorio llevado a extremos impensables para ser un fingimiento o un simple ejercicio de funambulismo lírico. Hoy por hoy, puede considerarse a Leopoldo María Panero uno de los escasos poetas que posee un discurso arrollador, un estilo deslumbrante y una voz autorreferencial auténtica. Sin embargo, como afirma el profesor Túa Blesa, su obra «no ha merecido ni un solo premio en una sociedad que se diría es la sociedad de los premios y los halagos, aunque sí que obtiene una y otra vez el reconocimiento de la lectura».

La tormentosa biografía de Leopoldo María Panero lo convirtió, cuando inició sus publicaciones, en paradigma de lo que más repudiaba: la controvertida sociedad tardofranquista, que lo encasilló como ciudadano anómalo, primero, y como bufón aniquilado por su propia historia más tarde, ya que reunió en sí mismo una serie de «cualidades» nada ponderables para los años pretransicionales: drogadicto, bisexual, alcohólico, comunista trotskista, preso, suicida reincidente y, finalmente, inquilino constante, desde su temprana juventud, de psiquiátricos, donde ha pasado las dos terceras partes de su vida, entregado a una escritura absorbente y autocontemplativa.

La producción poética de Leopoldo María Panero abarca una gran cantidad de títulos: 'Teoría, Narciso en el acorde último de las flautas', 'Last river together', 'Dióscuros', 'Contra España y otros poemas no de amor', 'Piedra negra o del temblar', 'Guarida de un animal que no existe', 'Águila contra el hombre', etcétera. En su bibliografía se da, asimismo, un caso no muy frecuente si atendemos, por un lado, a la patología clínica que sufre el escritor, y, por otro lado, a una labor tan individualista como la poesía, y son los libros escritos en colaboración con otros poetas, libros que no son circunstanciales ni piezas menores en el puzle general de su producción.

Los asuntos que Leopoldo María Panero toca, primaria o secundariamente, en sus textos resultan de una recurrencia sobrecogedora, y todos están marcados por la percepción hipersubjetiva que del mundo tiene su autor, por lo que puede decirse que el suyo es el último ejemplo de un visceral romanticismo «fin du siècle», pues no recurre, ni lo necesita, a vidas ajenas a la suya para brindarnos su mirada pesadillesca y metafórica sobre la esencia de una existencia, o no-existencia, que él mismo califica en sus versos de antimodélica.

 
Yo poético e irracional
El yo poético e irracional de Leopoldo María Panero busca, en no pocos momentos, su desdoblamiento. Esta huida de la identidad reconocible es virtualmente una huida del mundo aceptado para configurar un no-mundo paranoide que tiene, probablemente, su origen en el malditismo de Antonin Artaud, al que Leopoldo María Panero sigue y considera «el máximo negador de la identidad», y del que en 2003 se creía nada menos que «su reencarnación». Para lograr esta dualidad psicológica, nuestro autor emplea la intertextualidad y en otras ocasiones acude al juego especular de la transtextualidad o a la suplantación literaria de personajes históricos como François Villon o Ezra Pound.

La obra paneriana da la impresión de estar empapada o condicionada por vivencias traumáticas u obsesivas, que se formalizan en la arquitectura poemática en la elección de sus visiones simbólicas. En sus textos, Leopoldo María Panero habla incesantemente, tomándose a sí mismo como ejemplo, de la ruina psíquica, de la muerte como espacio posible para revivir, de Dios y de la familia en su vertiente más escabrosa, y en la que consigue interesantes tratamientos de la figura paterna y materna.
A Leopoldo Panero padre le dedica una terrible epístola o ajuste de cuentas en la que padre e hijo son amancebados por la muerte, reuniéndolos en la misma tumba, donde se congracian, en espacio tan tétrico y dimensión tan devastadora, sus antitéticas estéticas

La autobiográfica poesía paneriana nos habla con descarnada verticalidad de la infinita soledad moral del individuo a la deriva, e incluso de vías prohibidas como el satanismo, los vicios nefandos y el asesinato, lo que le sitúa en el desfiladero del malditismo. Todo ello conduce, en última instancia, al enaltecimiento del pecado y la tortura que al poeta le supone, aparentemente, el acto de vivir, que en Leopoldo María Panero únicamente parece resultar soportable sólo gracias a que se exorciza por medio de la escritura, uno de los temas dominantes en su obra.

 
Su luz, una lumbre tenebrosa
El sujeto poético que habla en sus poemas desprecia la realidad inmediata, tangible, y con ello todo lo que ésta lleva aparejado, lo que le empuja en sus libros de los años 70 a desfigurar el lenguaje, introducir sintagmas y poemas enteros escritos en otras lenguas, insertar voces del argot del lumpen y crear códigos de comprensión y relación demasiado crípticos, propuestas asociativas ante las que el lector se siente desarmado.

Al lado de la muerte como meta buscada y generadora de una no-existencia apetecida, la poesía paneriana incide en su contrario, la vida, canalizada en la vertiente amorosa de la experiencia sentimental, aunque la luz que se arroja sobre ella no deja de ser una lumbre tenebrosa. Lo amoroso es abordado en su poesía desde un ángulo desmitificador, cuando no cuestionador, en el que constantemente se subraya el concepto destructivo del amor como manifestación intensificada de los roles sociales. Por eso se dan cita en sus composiciones las variantes desviadas y humilladoras de la experiencia amorosa como el incesto, el sadismo, la coprofilia y la coprofagia, la necrofilia, el canibalismo o el masoquismo, elección degenerativa en la que prevalece la transgresión extremosa de la normalidad.

No te suicidaste. Por JOAQUÍN ARAUJO


'No te suicidaste'
El naturalista, amigo íntimo del poeta en los años legendarios del Liceo Italiano, explica la 'construcción' del mito Panero.
Reproducción del artículo publicado en:

 

 

 
Leopoldo María Panero, en Las Palmas de Gran Canaria, en una fotografía cedida por el diario 'La Provincia’
QUIQUE CURBELO

 
JOAQUÍN ARAÚJO Madrid  Actualizado: 07/03/2014

La lucidez es tacaña y vengativa. Se da poco y quien la roba paga las consecuencias. Sobre todo cuando el talento de alguien la preña y acaban naciendo deslumbramientos que ella no deseaba. La perspicuidad, en efecto, no quiere descendencia y por eso toma represalias desmedidas, como inculcar la locura. Leopoldo María Panero la sedujo, se quedó con una parte de sus estremecimientos y los transmitió. Y la lúcida demencia, claro, lO acompañó para siempre. Resultó inevitable porque era poeta incluso antes de aprender a leer y a escribir. Más porque se condenó a sí mismo al infierno de ser absolutamente fiel a lo que maldecía. Más porque, al esparcir esquirlas de luz a todos los que le hemos leído, él se fue quedando ciego. Más porque se dio cien latigazos emocionales todos los días desde los 17 años. En suma que pocos, o ninguno, siempre tan herido y deseoso de morir, ha vivido tan intensamente el soberbio dolor de ser, insisto, locamente lúcido. Su inteligencia le informó muy temprano de lo que casi nadie iba a entender: su imponente desprecio convertido en poemas apreciables.

Compartí con Leopoldo lo que para tantos suelen ser años cruciales. Esos que fueron de mis 15 a los 21 y de sus 14 a los 20. Era, pues, un año más joven que todos los que, con precocidad también impresentable, creamos una tertulia literaria nada menos que en quinto de bachillerato o la segunda media del Liceo Italiano. Con rara pero indudable pedantería nos demandábamos voluntariamente más encuentros con los libros que cualquier asignatura universitaria de literatura. Iba con frecuencia a su casa y él venía a la mía. Por sorprendente que parezca acepté más de una vez, cuando íbamos a los lugares de veraneo, el hacer todo lo doméstico a cambio de que me recitara a Ezra Pound, con su siempre ronca voz. Todo ello cuando apenas sabíamos, ni él ni yo, el suficiente inglés como para comprender lo que estábamos escuchando. Pasé dos periodos veraniegos en la casa familiar de Astorga. Fuimos juntos a cien manifestaciones, cuando eso entrañaba riesgos reales. Me destrozaron anímicamente sus primeros desengaños, fundamentalmente políticos, y su apuesta por la droga que yo rechacé de plano. Asistí a sus primeros desvaríos y estoy seguro de haber sido la primera persona, a excepción de Felicidad, su madre, que le visitó en el psiquiátrico, tras el primer intento de suicidio. Aquel día me dijo una de las frases que menos ha desgastado mi olvido. "Quine, todos estamos locos, de lo que se trata es de que no nos descubran, como a mí".
Escribimos textos a dos manos y hacíamos concursos de recitado, sobre todo con poemas de García Lorca. Guardo unas cuantas páginas por él escritas a mano y tengo sus obras completas muy releídas... En fin, no sé si debería escribir todo lo que de él recuerdo algún día.

Cuento esto porque hoy apenas nadie me relaciona con él. De hecho nuestros senderos se bifurcaron en direcciones opuestas. Él se enamoró de la muerte y yo de la vida. Nuestras respectivas novias son muy exigentes y a partir del 70 no permitieron más que ocasionales encuentros, casi todos en la feria del libro de Madrid, cuando ambos íbamos a firmar. Lo cuento porque pocas cosas me han pasado más conmovedoras y cruciales que esa amistad cotidiana de seis años con Leopoldo María Panero. Porque todo lo que lo ha convertido en uno de los mejores poetas españoles de los últimos 40 años empezó entonces, cuando nos frecuentábamos a diario. El que, por la exuberancia de sus excesos, se convirtiera en personaje famoso brotó también delante de mis ojos y a tan adolescente edad.

Aunque desheredó a su herencia, es decir a su poesía -"nada mejor que no ser oído"- ahora, que se fue sin suicidarse, como tantas veces le pedí, el destino le gastará la última pasada: la de ser traicionado por los muchos que seguiremos leyéndole y, en mi caso, recordando con que sañuda coherencia destrozó su inocencia arrancándose de cuajo toda mediocridad. También se trató de un suicidio pero al menos ése no quitó y sí trajo. Nos dio la mejor poesía.
Leopoldo: escribiste aquello de "el no ser es un tesoro". Ya es todo tuyo, disfrútalo, pero ya ves, no te suicidaste. Gracias.

 

Leopoldo María Panero: Entrevista en agosto de 2005

Reproducción entrevista publicada en agosto de 2005.


Entrevista: EMERGENTES Y DIVERGENTES | Leopoldo María Panero / Poeta

 Jesús Ruiz Mantilla / Miguel Mora  9 AGO 2005

 

 

 Foto Leopoldo María Panero – LUIS MAGAN

La cita es en la Residencia de Estudiantes, y están con él dos amigos: el poeta canario Félix Caballero, con quien Panero ha escrito ya dos libros, y Amaraba, una fan misteriosa. Los dos fuman como él (hay siete paquetes abiertos sobre la mesa) y asisten risueños a la exhibición de Panero, que lleva ingresado cinco años en el manicomio canario del doctor Rafael Inglod (ahora sólo duerme dentro), tras pasar 14 en el de Mondragón. Hablando también escribe poesía.

 
Pregunta. ¿Cómo es el manicomio?
Respuesta. El puto infierno. El asunto del veneno empezó en Mondragón, pero lo de Inglod es peor. Me han dado toneladas de haloperidol y todavía no he muerto. Lo de Rasputín fue una noche y a puerta cerrada; lo mío va para 20 años y es a la luz del día: el diario de un hombre infinitamente envenenado. España es la que está loca, no yo.

P. ¿Por qué le dan haloperidol?
R. Porque me pasé tres años sin cerrar la ventana.

P. ¿Y qué le hace?
R. Atonta. Pero más inteligente que yo, imposible. Soy tan inteligente como Nieztsche.

P. ¿Cómo se vive dentro?
R. Todo ingreso es un secuestro clínico, toda internación es ilegal. Allí se tortura: no dejan fumar, te hacen hacer la cama siete veces, azuzan a los locos contra mí y no les atan... Atan a los viejecitos por nada y a esos cabrones no los atan.

P. ¿Le dan electroshocks?
R. López Ibor te daba electroshocks y luego te ponía una imagen de santa Teresa en la mesilla. No he visto un nazi parecido en los días de mi vida. Ahora, la lobotomía y el electroshock están prohibidos, y las correas también, salvo en caso de sangre o pelea...

P. ¿Mienten los locos?
R. El loco yerra pero no miente, tiene la perniciosa manía de decir la verdad, como el borracho.

P. ¿Acaso existe la locura?
R. No. Los locos son gente muy puteada y se esconden para que no les hagan más daño. El mito de la enfermedad mental, de Thomas S. Szasz: si el loco es un hipócrita, no está loco, es un hipócrita y punto. Yo aprendí telepatía en París, entendí que pensar venía de hablar, y hablaba y leía en voz alta. Me quedé telépata. "El cante sin guitarra, / el cante a palo seco, / el cante sin meis nada". Es un poema de João Cabral de Melo Neto.

P. Ah. ¿Le gusta el flamenco?
R. No creo en la clase obrera española. Son payasos alfredolandescos. Tras 40 años sin ideología obrera, sólo queda la picaresca y un proletariado chistoso.

P. ¿Psiquiatría o poesía?
R. He pensado dejar la poesía como Rimbaud para dedicarme a la psiquiatría, pero a la real, no a esa falsa que Wittgenstein llamó La máscara y el lenguaje.

P. ¿La literatura cura?
R. Alguna sí. Los literatos españoles se dividen en dos: el burgués ambicioso y los mamarrachos abominables.

P. ¿Cree en la democracia?
R. Soy anarcoindividualista, pero creo. Me sorprende que alguien dijera que la democracia es un anacronismo. No creo que Tejero sea muy moderno. Pero los diputados están como cabras.

P. ¿Qué le parece la ley de matrimonio homosexual?
R. Yo soy bisexual y sadomasoquista. Sádico con las mujeres y masoca con los hombres, aunque también sádico con algunos tíos, depende de lo guapos que sean.

P. ¿Cómo se hizo poeta?
R. A los cinco años. Mis padres estaban aterrados. El poema decía: "Mi corazón temblaba y no era un sueño / fueron muriendo todos los soldados de la guardia del rey / y mi corazón seguía temblando".

P. ¿Freud o Lacan?
R. Freud se creía el anticristo, pero era ambiguo. Decía: "¡¿Sabía usted que soy el diablo y Dios construye catedrales en torno a mí?!". Lacan sabía que los locos sabían que él era el anticristo. Según Jung, Cristo y el anticristo son el sí mismo. El yo no existe en la especie humana. Es lo que Lacan llamaba "el sombrero de Napoléon". El yo es en lo que se pierde el loco. Y el anticristo son los bancos.

P. ¿Por qué no abre un dispensario antipsiquiátrico?
R. Pensé hacerme millonario con la antipsiquiatría y lo sería si me pagaran los derechos.

P. ¿Su poesía es automática?
R. No me prohíbo nada salvo cagar en la silla. Pero mi poesía es técnica. Hablando del cuerpo, Spinoza dijo: "Nadie sabe lo que puede el cuerpo". Y Neruda: "Te escucho orinar al fondo de la habitación". Voy a echar una meada.

P. [Se va, vuelve] ¿Cuál es su poeta favorito?
R. Neruda no me gusta. Mallarmé, sí. Escribe científicamente [recita un poema en francés].

P. ¿Preferiría ser francés?
R. Querría irme a París. Allí no están tan locos como aquí. Aquí no se puede pensar. No es raro que el Quijote sea el ídolo. A san Juan de la Cruz casi lo queman porque se lavaba todos los días. Este país está obsesionado con el sexo desde hace siglos y por eso odian a Dios, porque lo ven castrador.

P. No le gusta el Quijote.
R. Es una novela río asquerosa. Me gusta El licenciado Vidriera.

P. ¿Quién le dicta sus poemas?
R. Como no sea mi conciencia... El hombre no habla, es hablado, dijo Lacan.

P. ¿Escribe en trance?
R. No creo en la bestia de la inspiración, yo cultivo el espanto como una ciencia.

P. ¿El nuevo Papa?
R. Un filonazi. Mi doble.

P. ¿Zapatero?
R. El príncipe de las tinieblas. "Oh, Satán, tú tienes dos cosas: el oro y el regazo de la mujer" (Goethe).

P. ¿Negociar con ETA?
R. Por supuesto. Hace siglos dije que sólo ETA hace oposición.

 
Un falso majareta, culto y sarcástico

"Hola. ¿Es usted Mora o Mantilla? ¡Da igual! ¿Me puede traer cinco paquetes de Nobel?". Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) fuma como un loco pero apaga los pitillos antes de la mitad. Sufre esquizofrenia, o eso dicen los psiquiatras. Los únicos síntomas aparentes son sus murmullos inaudibles, su enganche a la coca light y su paranoia (comprensible) con la CIA. Por lo demás, su lucidez destellante, su inteligencia sarcástica, su cultura-baúl (suelta citas y recita en varias lenguas y sectores: Lacan, Marx o ¡Ana Torroja!: "Y los jamones son de York") y su curiosidad insaciable (poesía, literatura, psiquiatría, antipsiquiatría, física...) le convierten, más bien, en estos tiempos lelos, en un cuerdo tan indispensable como inalcanzable.

 

viernes, 7 de marzo de 2014

Noticias de cine fórum: Cambio de programación.

Por dificultades imprevistas, la película 'Pajaritos y pajarracos' de P.P. Pasolini, que estaba programada para el 14 de marzo, queda aplazada al 16 de mayo.

En su lugar veremos 'Cabaret' de Bob Fosse, que presentará nuestra compañera Asunción.

La hora no varía: 18:30.

martes, 25 de febrero de 2014

Amy Tan no perdona

Se reproduce a continuación la extensa entrevista publicada en



·         La escritora indaga en el pasado de su abuela china en el libro 'El valle del asombro'

·         ¿Se puede perdonar el abandono de una madre? Traición y desencuentros recorren la novela



Quizás, si su abuela, de la que descubrió un pasado de cortesana, no se hubiera suicidado, su madre, con la que mantuvo una relación que pasaba del amor filial a las amenazas de muerte, no habría resultado un ser tan narcisista. Tampoco hubiese cargado con tanto sentido de culpa. Ni a la vez le habría dejado a ella en alguna ocasión abandonada por cumplir su santa voluntad. Ni ahora, esta mujer menuda, que habla de traición, irresponsabilidad, desprendimiento, incapacidad para enmendar traumas de su pasado, no se pasaría un buen rato encerrada en ese bucle que justifica su falta de remordimiento al mostrarse poco favorable al perdón.

“¿Hay que perdonar?”, clama Amy Tan (Oakland, California, 1952), serena, segura de sí misma. “No, ¿por qué? Tampoco eso nos impide amar a quien nos ha hecho daño, pero quien diga que perdona ciertas cosas, como el abandono de una madre o la infidelidad de un esposo, miente”.

Sin ese cuestionamiento, sin esa obsesión por meterse en el pozo, tampoco esta escritora de carácter y gancho habría producido una obra que a costa de los desencuentros, del desarraigo, los desentendimientos, ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo desde que publicara en 1989 El club de la buena estrella.

De entonces a esta nueva pero fascinante y enjundiosa novela titulada El valle del asombro, Tan no ha hecho otra cosa que bucear en las sinuosas, frías y traicioneras corrientes subterráneas del Pacífico. Desde el punto que une la poderosa China de sus orígenes hasta desembocar en la rica California, donde vive al pie del Golden Gate.

En Sausalito, al otro lado de la bahía de San Francisco, nada más pasar el puente de los sueños junto a los enamorados que lo atraviesan para cumplir alguna promesa y las pesadillas de los suicidas que lo rondan escoltados por corredores y ciclistas, descendiendo una sinuosa cuesta hacia el mar, vive la autora en una casa de madera rodeada de una vegetación más asiática que californiana.

Allí va tejiendo los hilos que le han llevado de un lugar a otro para acabar en El valle del asombro. Las causas y las consecuencias. Si a Amy Tan no le llamara la atención el mundo de los putiferios cosmopolitas en el Shanghái prerrevolucionario y no hubiese acudido a contemplar una exposición sobre aquella ciudad antaño exótica, hoy territorio propio de Blade Runner, no habría relacionado aquella foto preferida de su abuela con los vestidos que utilizaban las cortesanas de la época.

Lejos de asustarse, preguntó y preguntó. Por su madre, muerta en 1999, supo otras cosas de la vida, pero no la verdadera razón que había llevado a suicidarse a su progenitora creando un tsunami de traumas en la familia que llega hasta hoy. “Ella no lo sabía, y no lo hubiera creído”. De lo que su madre, según la versión oficial, llegó a enterarse es de que la abuela fue obligada a convertirse en la cuarta esposa de un potentado local. Pero Amy va más allá. Se pregunta: “¿Fue una cortesana?”.

No es que El valle del asombro ahonde solo en su particular fascinación por ese mundo, sino que descubrió un secreto familiar tremendo. “Mi madre siempre creyó que mi abuela había sido obligada a convertirse en cuarta esposa de un poderoso cacique, un hombre al que no amaba y que se suicidó por la vergüenza que llegó a sentir a raíz de ello. Si le hubieran dicho que en realidad era una cortesana, por cualquier circunstancia, por cualquier razón, ¿qué me hubiera contado? Si yo se lo hubiera planteado, creo que lo habría negado”.

En cambio, de lo que pudo enterarse ella en vida, fue de otra historia con violencias y amenazas de por medio que ayudaban a entender más el suicidio. “Le contaron que la amenazó de muerte si no se casaba con él y que por eso se vio forzada a hacerlo. Pero de lo que yo me informé fue que él aseguró que se suicidaría si no contraían matrimonio. Existía alguna razón violenta por medio. Desde luego”. Y escandalosa. Pero poco creíble: “Imagínate, el hombre más famoso de la isla, el que hacía las carreteras, los hospitales, ¿que por algún encuentro con ella se quisiera matar?”.

Algo se fue cociendo previamente. “Existía una relación de amor que se fraguó con ella como cortesana, quizás, y esa relación tenía varias aristas y versiones. Una, que había hecho un trato mediante el cual, a cambio de un hijo, ella recibiría una casa en la ciudad”. Su abuela cumplió, pero se suicidó después. Se trataba de una mujer oscura, atormentada: “Consumían opio, me dijeron que era una persona callada, pero que tenía un temperamento violento, que era la favorita, que disponía de la mejor habitación, no sufría la posición inferior que se le suponía a una cuarta esposa”.

Hace tan solo tres años, Amy Tan supo esto. Obviamente le hubiese encantado hablar con su madre de ello, pero ella ya no estaba. Aunque aquella mujer marcaba la grieta de sus desencuentros, le proporcionó tanta riqueza emocional que se convirtió en escritora para explorar todos los traumas que la ocasionó. El primero, abandonarla para irse con un hombre.

Tan aún no ha perdonado. “Cuando tus mayores toman decisiones en las que te ves involucrado y te afectan puedes llegar a no entender ni a perdonar, ¿qué es eso? ¿Debemos absolver a quienes nos han hecho daño? ¿Influye el hecho de que no les perdones en el amor que los puedas tener, en la confianza? Tampoco”.

Y continúa, como en una noria clara y a la vez confusa. “Me resulta muy difícil perdonar a quien me traicionó, eso me preocupaba, pero mientras escribía esta novela, me preguntaba: ¿por qué debemos hacerlo? Quizás sea esa idea que nos viene de los libros de autoayuda, intentando convencernos de que es bueno para uno mismo. Pero yo digo: a la mierda, ¿por qué deberíamos perdonar? ¿Qué es eso? ¿A santo de qué? No creo que sean preguntas con respuestas fáciles. ¿Cómo puedes pasar por alto ciertas cosas? Si son graves, quizás mientras te haces mayor llegas a equilibrarlo con lo bueno que te ha ocurrido, pero no creo que compense”.

Aunque, por otra parte, le ha servido para ahondar en las claves de esta nueva historia. “Quería analizar la naturaleza de la traición, la confianza, la responsabilidad, todo eso, completamente conectado entre sí”. La naturaleza de la compasión la ha dominado. ¿Miente quien dice que perdona?: “Hay dos clases de honestidad en este caso. La que se deriva de los hechos y la que se deriva de las emociones. La que por dentro nos quema repitiéndonos me siento abandonada y no perdono aunque no me lo demuestre a mí ni a otros”. Por esos conflictos muchas veces acabas en el psiquiatra. “No eres capaz de calibrar tus propios sentimientos, te has sentido atado por tu deber, por tu percepción de que, al madurar, has pasado todo a otro plano, has olvidado, pero no, no es así”.

Mucho de aquella niña que se sentía dolida debido a las circunstancias ha quedado marcado en Violeta, la protagonista de El valle del asombro. Criada en un burdel, con una madre caprichosa, dominante, egocéntrica. “La mía fue muy egoísta, interesada, hacía las cosas dejándose llevar por las pasiones, aunque también heredé de ella una visión del mundo que cuestiona todo, muy escéptica y honesta, quizás ella se pasó de transparente con sus sentimientos, pero fue muy auténtica. Eso lo trasladé a Violeta. Yo heredé todo aquello y quería explorarlo”.

Materia literaria, exorcismo de palabras, traumas para explotar a gusto y a disgusto. Peleas, desencuentros, tensiones. Los de una madre empeñada en que su hija se convirtiera en algo que tuviera que ver con los negocios o la música, y las de una muchacha que terminó en el mundo de la literatura con incierto futuro sobreviviendo de la edición y los artículos por encargo, el reporterismo o los discursos a medida.

Por no hablar de desacuerdos sentimentales. “Tuve un novio que ella no podía soportar. Mi padre y mi hermano acababan de morir. Como no rompía con él, se mostraba tan frustrada, tan desesperada, pensando que arruinaría mi vida que cogió un cuchillo y me amenazó. Me lo puso en la garganta, loca, completamente loca, es como si la estuviera viendo mirándome y me dijo: vas a arruinar tu vida también, así que, ¿por qué no matarnos ahora las dos? Yo tenía 16 años. ¡Pues hazlo!, le dije”. Obviamente, frenó.

Rebeldía contra rabia. Un cóctel explosivo y regresivo. “Cuando yo reaccionaba de una determinada manera con mi madre le hacía a ella regresar a su propia niñez. Sus emociones, aunque fueran buenas, le empujaban a querer convertirse en el centro de atención y lo demostraba abiertamente”. Otras veces le daba por volverse protectora. “Entonces exigía tales niveles de lealtad que si te mostrabas en desacuerdo con ella, se sentía traicionada. Yo creo que eso conectaba directamente con su niñez y la volvía infantil. Lo bueno de los más pequeños es que mientras lo son no han aprendido a esconder sus emociones. Mi madre, en cierto sentido, no salió de ahí, jamás se censuró, ejercía una sinceridad salvaje, era radical, capaz de llorar, no pudo quitarse de encima el trauma de que su madre la dejara así, matándose. Se culpaba de ello, le obsesionaban las razones, si hubiera podido deshacerlo…”.


Compartir aquellos episodios de su vida, en cierto modo, la cura. “Quiero ser honesta, pero la gente cree que eso me convierte en vulnerable. Dicen que es valentía, pero no, se trata de una especie de obnubilación personal. He contado estas y otras cosas, cuando la gente me decía qué va a pensar tu madre, yo respondía que se lo preguntaran a ella y era tal su afán de protagonismo que trasladaba su propia versión sin avergonzarse de ello”. No fue con aquel novio con quien finalmente se casó. Pero sí con Lou DeMattei, abogado de profesión. Lo hicieron en 1974. Hasta hoy. Han sobrevivido a los divorcios de varios miembros del grupo de rock en el que Amy Tan canta periódicamente y en el que también participa su amigo Stephen King. Aquellas parejas cuyos compañeros no iban a ver nuestras actuaciones porque pensaban que éramos inmaduros están divorciados. Lou, acudía casi siempre: Seguimos casados”.

Él ha sido un apoyo fundamental en los peores momentos, como cuando contrajo la enfermedad de Lyme. Aunque ya va superando sus efectos gracias a una medicación que la mantiene activa, le ha dejado varias huellas crónicas. “Ahora puedo hablar, ¿tiene sentido lo que digo?”.

Un poderoso sentido. Hubo un tiempo, sin embargo, en que no regía. “Era incapaz, fingía entender, pero nada, no podía seguir una conversación, ni leer. Estoy sana ahora, me medico y puedo trabajar. Yo, al menos, me recuperé, los héroes son quienes no cuentan con el privilegio de tratarse, tuve mucha suerte después de cuatro años y medio sin saber de dónde venía el mal”.

Aquello le dejó de recibo una epilepsia y defectos de equilibrio. “No puedo conducir ni convertirme en gimnasta, esto último ya lo había descartado. Lo otro no me gustaba, así que tengo a Lou de chófer. Pero sin abusar”. También, su hombre, cocina. “Tres veces al día mientras escribo, es una gran persona. ¿El secreto para seguir juntos? Baños y armarios separados. Lo que sientes sobre la familia, la amabilidad, la lealtad, el apego, lo compartimos, aunque no estemos de acuerdo en todo respecto a la política”.

Una más que sana compañía que suple y le salva de la necesaria soledad de su oficio. Esa en la que el autor se ve obligado a escarbar dentro de sus entrañas: “No sé quién soy, si lo supiera no tendría que escribir, siempre van creciendo las preguntas, las ambigüedades, te crees más lista y cuesta más encontrar respuestas que cuando eres una niña”. Pero existen conexiones irresolubles que siguen uniendo a la niña y a la mujer madura de hoy: “Ella se mostraba sobrepasada por sus propias dudas, no disponía de perspectiva para situarse ni para entender lo accidental, la responsabilidad personal, el peso de la culpa, el egoísmo, las elecciones, las circunstancias. Se miraba hacia dentro en su narcisismo infantil, que no juzgo, ni creo que sea malo”.

No cree que resuelva nada escribiendo. Simplemente, esparce y comparte sus propias dudas. “No lo siento así, veo más luz, pero si me preguntas si comprendo mejor, si entiendo, si me digo que no pasó nada, si perdono, puede que no, aunque percibo algo más poderoso: el amor que sentimos hacia quienes nos dañaron superaba lo demás. Los sentimientos de un niño son inescrutables, pero puedes llegar a comprender ciertos actos y aun así querer”. Tampoco se fía de quien dice amar completamente, comprenderlo todo: “No es así y todo el dolor, toda la locura, a veces viene de eso, de no entender que no pueden llegar a perdonar completamente y aceptarlo así. Es mi opinión, creo que es honesto admitir que te importa la gente a la que quieres aunque no excuses el daño que te han hecho. No podrás, no puedes”.




Reír y llorar

José Luis de Juan

Sostenía Wilkie Collins que al lector se le atrapa haciéndole reír, haciéndole esperar y, en el momento oportuno, haciéndole llorar. Pues bien, Amy Tan sigue a su manera los consejos victorianos que cimentaron la multitudinaria estima de Dickens, el amigo de Collins. La autora de El club de la buena estrella construye en El valle del asombro no tanto un valle de risas y lágrimas (recordemos el filme de John Ford Qué verde era mi valle) como un brillante escenario de vívidos y curiosos detalles en el que los destinos se enlazan a una cadena formada por eslabones de amor y sufrimiento, de resistencia y entrega. Los personajes estelares de esta novela son mujeres duras en desigual lucha contra un mundo de hombres débiles que esconden su constitucional fragilidad tras la violencia viril y el sometimiento femenino. Violeta narra su infancia en una refinada casa de cortesanas de Shanghái de la cual su madre americana, Lucía, era la madame. Lucía llegó a la ciudad híbrida persiguiendo a un pintor chino del que estaba enamorada, el cual le arrebataría su segundo hijo antes de perderse en la maraña familiar de honor y xenofobia. Violeta crece entre “flores” con nombres como Nube Mágica y Paloma Dorada, y busca a su padre en todos los hombres, mientras no se siente querida por su madre.

Y ella la perderá a causa del indeseable Fairweather, que la engaña haciéndola creer que su hija se encuentra a bordo del barco que la lleva a San Francisco. Entonces empieza el calvario de Violeta en una ciudad que ya empieza a no ser segura. Sigue los pasos de Lucía y es instruida con ahínco chino en las artes de la seducción, que incluyen desde el recitado de poemas y el tañido de la cítara hasta el mínimo gesto erótico. “Algunos de mis clientes alcanzaron el paroxismo del placer solamente con la vista”, le dice Calabaza Mágica, su mentora. Ella la enseña “a dominar la expresión de la tragedia”, que será su especialidad en el arte como en la vida. Sin embargo, igual que Lucía, Violeta busca el amor “auténtico”, que dure más allá de unos meses. Y lo encuentra en brazos de Edward, de quien tendrá una niña, Flora, que perderá igual que su madre la perdió a ella.

La peripecia cervantina de Violeta incluye a un falso poeta que la atrae a un sórdido concubinato en el Estanque de la Luna, otro escenario vacío de los sentimientos sublimes, pues El valle del asombro solo es una burda copia de un paisaje clásico que pintó su desconocido padre, Lu Shing, cuadro en el que la joven Lucía creyó ver “un lugar donde vivir”. A estas enjundiosas alturas del relato ya hemos tenido algunas risas, debidas a los enredos sexuales de las concubinas entre partidas de mahjong, y entonces llega la espera, por obra de Lucía, que describe el pene de su primer amante como “un roedor ciego y lampiño en busca de una teta llena de leche”. La antigua madame vuelve a 1897, cuando rompió con la familia y se fue al Lejano Oriente. Amy Tan regresa, en esta novela que evoca Memorias de una geisha, a sus temas habituales: la aguda, para ella irresoluble disparidad entre la cultura china y la idiosincrasia americana; las tensiones geológicas entre madres e hijas; el misterio del amor y el aprendizaje del abandono. Y lo hace recurriendo a largos monólogos laberínticos en los que el lector a veces se confunde, aunque nunca pierda la emoción, pues Tan tañe con su afinada cítara narrativa las fibras que nos conmueven y nos interrogan hasta el final, lo cual no deja de ser una hazaña.

El valle del asombro. Amy Tan. Traducción de Claudia Conde. Planeta. Barcelona, 2014. 677 páginas. 22,50 euros (electrónico: 12,99)